Bio-CV

[Advertencia: lo que sigue es un currículum vitae en el más sentido estricto de la palabra –carrera de la vida–]

Me llamo Rubén y nací hace 28 años en un pueblo de cuyo nombre nadie logra acordarse, aunque periodísticamente lo hice en el diario La Razón. Fue el inicio, para mí, de un sueño cumplido: aprender periodismo haciéndolo.

Mamá, quiero ser periodista

No recuerdo exactamente en qué momento de mi vida decidí ser periodista. Tengo la ligera sospecha de que nací siéndolo. Siempre apunté maneras. Con 13 años no solo ponía cara a Encarna Sánchez, ya soñaba con parecerme a ella. Me pasaba noches enteras destripando sus programas de los 80 (¡bendito YouTube!), hipnotizado por una voz que escuchaba como el alumno aplicado que era en la escuela.

Creo que Encarna pudo ser la primera persona que despertó una vocación que siempre tuve latente (fruto quizá de un lugar de infancia donde siempre eché en falta algún informador entre tantos especuladores). Luego vinieron Paloma Chamorro, Jesús Quintero y Fina Rodríguez, por ese orden. La primera me hacía fantasear con ser cronista de una nueva Movida (¡siempre tan utópico!). El segundo fue un flechazo (creo que el único en mi vida) con la entrevista. Y con la tercera descubrí (por fin) que «hablar por hablar» había sido una virtud y no mi gran complejo.  

A mis mentores ya los tenía. Y destino, también: Madrid (la eterna «chica Almodóvar», tan yo…). No había vuelta atrás: quería ser periodista. Sin embargo, la sombra acechante de una crisis económica en ciernes (la primera de tantas que privarían de sueños a toda una generación…), me arrastró a la puerta de las salidas, dejando en stand-by la vocación…

París, la ciudad del desamor

Tuvieron que pasar cinco años hasta retomarla. Entretanto, me dio tiempo a recorrer mundo con la excusa (en realidad, siempre lo fue) de estudiar Traducción. En Granada me licencié (y hasta llegué a creerme traductor). Entre medias me fui de Erasmus a Dublín (aún recuerdo esos 10 grados que sabían a 30…). Y cuando ya daba por perdida la traducción, todavía me quedaron ganas de mudarme a París con la esperanza de sentar cabeza como profesor de español.

Pero la ciudad del amor no pudo con el que yo seguía teniendo por mis referentes de infancia. Más de una vez (y de diez) impartí mis clases con programas de La edad de oro (creo que mis alumnos se llevaron una imagen algo distorsionada de España). Algunas veces solía camuflar el bullicio de los Campos Elíseos con El loco de la colina y otras tantas convertía los paseos por el Sena en la excusa perfecta para rebobinar los audios de Directamente Encarna.  

Mi vocación se había convertido en una obsesión. Era hora de abandonar la puerta de las salidas: próximo destino, Madrid.

Bienvenido a casa

A Madrid llegué con lo puesto, pero con una ilusión como pocas veces he sentido. Quería exprimir una ciudad que tenía idealizada desde niño. Nunca supe muy bien por qué, pero a mis referentes siempre me los imaginaba en Madrid. La capital era una suerte de tierra prometida (ay, Almodóvar…) donde ubicaba, a ciegas, las oportunidades (al menos, las mías). Hoy pienso que quizá la sobrevaloré (alguna vez he sopesado hacer las maletas tras cruzarme la M-30 en hora punta). Sin embargo (ahora reculo), a la Villa se la quiere, pese a ella. Vivo en paz sabiendo que Madrid es el eterno hogar del hijo pródigo. Da igual cuantas veces caigas: Madrid (que no París) siempre estará.

Mentiría si dijese que la vuelta a la facultad fue fácil. Me impacienté en formarme en una profesión que ya sentía mía. Por aquello que fantaseaba con narrar una nueva Movida (llegué a diseñar un especial de Paloma Chamorro), me especialicé en periodismo cultural. Para unos, la especialidad de los modernos. Para otros, la de los artistas frustrados. Para los brókers de la oferta y la demanda (también para mí), la de los suicidas.

[Continuará…]

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